
Esta semana quiero compartir con ustedes algo que me llama la atención desde hace un buen tiempo: los cantantes en el Metro. Al inicio, como a todos, no los tomamos en cuenta, los calificamos como personas sin oficio que no tienen la delicadeza de buscarse un trabajo y deciden simplemente vivir del cuento y de las monedas que le lanzan “las víctimas” que pasan.
Me gusta la idea de verlo desde otra perspectiva, la perspectiva del artista que toca la guitarra, o la flauta, o en ocasiones el chelo o el violín. El simple hecho de pararse frente a un grupo de personas a realizar cualquier tipo de manifestación artística requiere de temple. Significa someterse al escrutinio de los transeúntes que cruzan rápidamente camino a sus diferentes destinos. Al que va tarde para una reunión, al estudiante que tiene un examen y no sabe toda la lección, a la enfermera que regresa de un turno de 16 horas. Todos y cada uno sumidos en sus respectivos problemas del día a día. Yo era uno de ellos, hasta que una mañana cuando me camina en los corredores de mi estación del Metro, sentí la ausencia de la música de fondo tan característica de la estación. El silencio reinante de los transeúntes era ensordecedor. El Eco de las pisadas de tantos tipos de zapatos, zapatillas que lentas, rápidas y cojeando se dirigían a sus destinos.

Hoy tomo el café en esta avenida tan multicultural y llena de vida de Montreal, mientras escucho al flautista que toca canciones de Elton John mientras su pastor alemán duerme y los transeúntes caminan rápidamente hacia sus diferentes destinos.
Pasen un buen y se tienen la oportunidad de ver algún músico tocando en la calle, regálele aunque sea una sonrisa, en ocasiones es todo lo que necesitan.